miércoles, 24 de julio de 2013

¡El que sea valiente que me siga!

Guerra civil española. Barbastro, un pequeño pueblo del norte. 51 seminaristas claretianos. Encarcelados. Ejecutados. Eliminados.
¿Punto para la España anticlerical?

Podría haberse quedado en eso. Unas palabras que informan de un hecho como otro cualquiera ocurrido en tiempos de guerra. Pero entonces, ¿qué hace de esos muertos algo distinto?

Es sencillo. Detrás de aquellos fusilamientos no existe un complot ni tan siquiera una inclinación política... simplemente un gran Amor.

A ese medio centenar de jóvenes se les presentó dos opciones: renegar de su fe y vivir o morir .

Y, claro, en este momento hasta yo podría dar el paso y con valentía entregar mi vida. Pero a la hora de la verdad, ¿quién se mantendrá firme?¿Quién tendrá la fortaleza de defender aquello en lo que cree?

Ellos la tuvieron.
Eligieron ser mártires. Eligieron el sufrimiento. Pero supieron ver en su dolor, caricias cariñosas de Dios desde el cielo.
Las dudas les acecharían pero habían construido su vida sobre roca y tenían con ellos al Rey entre reyes: la victoria estaba asegurada.

                                       Y triunfaron.
Con una sonrisa subieron al cielo.
Porque como a Bernardette la Virgen de Lourdes, los seminaristas claretianos recibieron una promesa de felicidad, no para este mundo, sino para el otro.

Punto para la España católica.

"Soy Tu soldado, siempre a Tu lado yo he de luchar. Contigo siempre y hasta que muera una bandera y un ideal. Por ti, Rey mío, la sangre dar"

4 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Me ha parecido precioso Marta, ¿qué valientes verdad? Gracias por este artículo porque de verdad te hace pensar y a la vez sentirte orgullosa de nuestros mártires!
    Un beso grandote
    Carmen

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    Respuestas
    1. Gracias Carmen! Todos nos tenemos que ganar el cielo. Menudo testimonio el suyo :)
      Un abrazo fueerte
      Marta.

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  3. Si por decir una verdad

    han de matarme

    las hijas,

    han de violarme

    la mujer,

    han de derribar

    la casa

    donde vivo;

    si por decir una verdad

    han de cortarme

    la mano

    con que escribo,

    la lengua

    con que canto;

    si por decir una verdad

    han de borrar

    mi nombre

    de las páginas de oro

    de la literatura vasca,

    en ningún momento,

    de ninguna manera,

    en ningún lugar

    podrán

    acallarme.

    (Gabriel Aresti)

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