domingo, 31 de julio de 2011

¡MENUDA BROMA!


La semana pasada estuve de campamento, y algo que merece la pena contar es lo que nos ocurrió el día que salimos de marcha a la montaña.
Salimos todos juntos cantando, y el grupo de los mayores cargados con nuestro saco, puesto que íbamos a hacer el vivac: es decir, a dormir en plena montaña.
Cuando llegamos a la falda de la montaña, donde empezaba el bosque, vimos una casa muy extraña. Tenía las persianas negras, al igual que las puertas; el tejado era también de ese color. La fachada principal estaba adornada con unas pinturas bastante terroríficas. En el friso estaba representada un águila matando un ratón; a los lados estaban dibujados unos rostros de mujer llenos de lágrimas, y, en la parte central un porche desde el que se veía un templo.
Alguien dijo algo de una secta satánica, pero nadie le dio importancia y continuamos el camino.
Más adelante nos separamos en dos grupos, los pequeños se quedaron en un riachuelo mientras los mayores seguimos el camino montaña arriba. Cuando paramos a comer nos sentamos en unas rocas, y mientras tanto mojábamos los pies. Entonces apareció un coche de guardia civil por la carretera y llamó a los monitores. Cuando Fernando y Miguel volvieron dijeron que no mojáramos los pies porque estaba prohibido. Tras la hora de la siesta, nos pusimos el bañador y marchamos montaña abajo hacia una pequeña presa natural. Mientras estábamos bañándonos fueron parando varios guardas forestales que hablaban con los monitores. Nosotros no lo dimos importancia.
Tras el baño nos reunieron para darnos la siguiente noticia: “Os habréis fijado que varios guardias civiles y guardas forestales han estado hablando con nosotros. Pues bien chicos, teníamos pensado hacer el vivac aquí en la montaña pero nos han dicho que es imposible que nos quedemos, así que vamos a un campamento que nos han dejado. Tenemos que bajar rápido pero con tranquilidad. Venga.”
Debido a nuestra insistencia por saber lo que realmente ocurría e impedía nuestra noche en la montaña nos lo contaron. Resulta que la policía llevaba un mes y medio ras la pisa de una secta satánica que había huido en la montaña. Habían descubierto restos de ritos en la casa de la entrada de la montaña y ahora iban tras su pista. Por eso habían dado la alarma para que se desalojara la zona, ya que iban a rastrear la zona.

Todos empezamos a ponernos nerviosos, estábamos muy asustados. Empezamos la bajada mientras rezábamos y cantábamos intentando alejar los miedos. Una chica dijo que seguro que era una broma pero rápidamente los demás cargamos contra ella diciéndola que con esas cosas no se juega. Ella no volvió a mencionarlo pero no por ello abandonó su creencia acerca lo que estaba ocurriendo. Durante el descenso no parábamos de imaginar que en cualquier momento iba a aparecer un poseído de entre los árboles que nos rodeaban. Los continuos guardas y coches de policías que iban subiendo y bajando a nuestro lado acrecentaban el miedo en nosotros. Los monitores nos metían prisa a la vez que nos pedían calma.
Al pasar junto a la casa en la que supuestamente se había alojado una secta satánica, nos encontramos a un grupo de policías, guardias civiles y guardas forestales apostados en la entrada. Nuestros monitores nos pidieron que aceleráramos el paso, no lo tuvieron que repetir. El jefe del campamento no paraba de hacer llamadas con una seriedad hasta ese momento desconocida en él.
Ya en el pueblo, cualquier duda que pudiéramos tener se resolvió: en el pueblo no había nadie por las calles. Nos dijeron que habían dado la alarma y la recomendación de que nadie saliera a la calle.
Nosotros solo pensábamos en llegar al lugar que nos habían dejado para pasar la noche. Y cuando por fin llegamos todos respiramos aliviados aunque seguíamos llenos de miedo porque la montaña tampoco quedaba muy lejos. Tras la misa y la cena, el dueño nos prestó unos colchones de goma espuma para colocar los sacos encima. Fuimos a la explanada de atrás, dónde íbamos a dormir, y nos colocamos todas las chicas juntas y a unos metros se encontraban los chicos. Entonces ya creíamos que todo había acabado, pero no había hecho más que empezar.
Nos dieron una charla sobre espiritismo y exorcismo para explicarnos lo que eran y hacían las sectas satánicas. A eso de la mitad de la charla mandaron a Teresa y a Lorena, dos monitoras, a tirar la basura. La charla continuó pero se vio interrumpida por una llamada al móvil de Fernando. Se alejó un poco para hablar y volvió para contarnos que la policía había encontrado a uno de los de la secta y que solo había confesado que en la montaña habían visto a un grupo de chicos con camisetas con cosas de Jesús. Estábamos todos a punto de que se nos parara el corazón. Empezaron algunas chicas a llorar silenciosamente. Cuando la charla acabó alguien echó en falta a Teresa y a Lorena, su prolongada ausencia empezaba a preocupar. Llamaron a sus móviles y daba apagado o fuera de cobertura. Ahí fue cuando aquello se convirtió en un valle de lágrimas. Una del grupo exclamó que eso no podía ser verdad, que todo era una broma pero el jefe la gritó de tal forma negándolo que nadie lo dudó. Fernando y Alberto fueron en su busca. Todas las chicas llorábamos con rosarios en las manos rezando. La minoría masculina que se encontraba alejada se unió a la piña que habíamos formado nosotras. En la mitad del segundo misterio volvieron los monitores que había salido en busca de las dos jóvenes, traían en las manos la caja de la basura que habían encontrado tirada en la puerta. Todos coincidimos en que esa era la basura que llevaban nuestras monitoras.
Fernando llamó a la policía informando del suceso mientras nosotros llorábamos sin tregua. Cuando Alberto y Fernando salieron a recibir a la poli, nos quedamos con el diácono que nos acompañaba. Él nos tranquilizaba, nos puso una canción de la Virgen y luego nos dio la bendición.
Al rato volvieron los monitores y nos dijeron que la policía las iba a estar buscando toda la noche y que creían muy posible que hubieran sido los de la secta satánica.
Una niña gritó que nos iban a matar, entonces otra se levantó y nos dijo: “Recordad el lema del campamento: Confiados en Jesús, nuestro mejor amigo. Todos estos días que hemos pasado habéis confiado en Él ¿por qué ahora no? Dios nos protege siempre, y si morimos, moriremos mártires.”
A partir de ese momento en el que ya nos habíamos dado por muertos, vimos todo desde otro punto. Y aunque aún teníamos miedo comenzamos de nuevo el rosario, acabábamos de empezar cuando aparecieron. De entre los árboles, aparecieron tres encapuchados con velas rojas, de nuevo el terror nos invadió. Pero, continuamos rezando, susurrando que sería lo que Dios quisiera y aceptando nuestro martirio.
Los monitores se levantaron y salieron al encuentro de los visitantes que ya estaban muy cerca. Aquellos encapuchados entonaron una canción que fue lo que les descubrió, todos reconocimos los monitores que se escondían tras las túnicas. ¡¡ Todo había sido una broma!! No nos lo podíamos creer, esa vez lloramos de rabia. Les preguntamos que entonces por qué había tantos policías en la montaña, nos explicaron que estaban vigilando que no se hicieran fogatas. Preguntamos por el pueblo desierto, pura coincidencia, nos contestaron. Después pidieron un abrazo de grupo, y solo se abrazaron los monitores. Dijeron que sacáramos lo bueno, habíamos confiado en Dios y nos habíamos unido entre nosotros muchísimo. Y era verdad, a partir de ese día éramos más grupo que antes. Ahora recordamos entre risas lo sucedido hace tan solo unos días pero, os puedo asegurar, que no he pasado más miedo en toda mi vida.



martes, 19 de julio de 2011

Flashmob en Toledo

El pasado 22 de junio, los alumnos del primero, segundo y tercer ciclo de secundaria del colegio Nuestra Señora de los Infantes realizamos un baile en la plaza de Zocodover y en la del Ayuntamiento.
Aquí os dejo los vídeos, que también pueden verse en youtube.

                                 

      

domingo, 10 de julio de 2011

La perdiz herida

Recuerdo un día que mis hermanos y yo fuimos al parque de Los Pinos con mi padre. El más pequeño practicaba con la bicicleta, mientras los demás jugábamos en los columpios. De pronto, vimos cómo un bulto se colaba por la valla desde la carretera. A paso rápido se fue acercando, y fue entonces cuando distinguimos que era una perdiz. Pasó por delante de nosotros y vimos que estaba herida "de muerte", según alguien añadió. Mis hermanos, viendo que estando el animal herido tendrían más posibilidades de cazarla: se lanzaron en su persecución.

¡Cómo corría la perdiz! Subía la pendiente con mis hermanos detrás; con ellos aún tras ella empezaba la bajada y aterrizaba rodando en el suelo. Con mucha paciencia y carrera, conseguimos llevarla hasta el arenal de unos columpios mientras, oíamos a lo lejos disparos. En la finca que estaba al otro lado de la carretera estaban de caza, de allí, supusimos que venía aquel animal.

Ya en el arenal, tras la larga huida, la perdiz no podía más. Hablábamos entre nosotros: unos la daban por muerte y los demás (entre los que estaba yo), intentábamos convencer a nuestro padre para que fuera a buscar una caja dónde poder meter al animal.

La escena era observada desde el tobogán de al lado por un padre y su hijo. En cuanto alguno de mis hermanos gritó: "¡Se ha muerto!". El hombre se acercó, abandonando a su hijo en lo alto del columpio.

El hombre se acopló en el círculo familiar, en el que nos habíamos organizado alrededor de la perdiz, lo observó un momento y dijo:
- No os preocupéis, estos animalitos no se mueren, son muy bravos.

Mientras nosotros nos seguíamos preocupando por el lamentable estado de la perdiz, el hombre hablaba incansablemente con mi padre. Al poco rato uno de nosotros repitió que el animal se iba a morir; a lo que el hombre respondió:
- No, estos animales son muy bravos ¡Bravísimos! Los he visto con un ala y una pata rota y han salido adelante. Son unos animales muy bravos. También los he visto cómo, con una bala en el ala, han remontado el vuelo. Son bravísimos. Veréis como se recupera, son muy bravos.

Mientras nuestro acompañante repetía una y otra vez la bravura de esos animales, su hijo, que no sabía montar en bici, cogió la bicicleta de mi hermano y se puso a montar. Tan emocionado estaba su padre contándonos historias sobre las perdices que no prestaba atención a los múltiples y continuos  golpes que se daba su hijo contra el suelo.

Por fin, mi padre se decidió a ir a por una caja para meter la perdiz, dejándonos con aquel hombre que no paraba de repetir lo bravas que son las perdices. Al fondo, su hijo caía de la bicicleta y volvía a levantarse una y otra vez.

Cuando llegó mi padre con la caja, y metimos a la perdiz dentro, solo pudimos certificar su muerte, por lo que el hombre, que parecía no dar crédito a lo que había sucedido, hizo discretamente mutis por el foro y no volvimos a saber de él.

Nosotros, mientras procedíamos a dar sepultura al animal, reflexionábamos sobre las cosas que habíamos aprendido ese día. La primera, que las perdices son unos animalitos muy bravos. La segunda, que por muy bravo que seas, si te pegan un tiro, te mueres. Y la tercera, que hay gente que hablará en toda ocasión, con oportunidad o sin ella.