jueves, 30 de junio de 2011

La vecina cotilla

El pasado lunes, mis amigas y yo quedamos para dormir en casa de una de ellas. Preparamos en el patio de atrás de María un colchón hinchable de viaje, donde dormimos tres, y en el "cubanito"(un sillón de playa) las dos restantes.
El plan era no dormir en toda la noche, pero a las 4:30 de la madrugada solo quedábamos Carmen y yo, separadas en el colchón por Ana que dormía profundamente. Nos habían dicho que a las 5 empezaban a pasar aviones y que los podíamos ver, así que decidimos quedarnos despiertas. Para pasar el rato empezamos a cantar (en bajito) y nos contamos nuestras vidas, porque tiempo no faltaba. 
Cuando vimos  el primer avión y lo comentábamos, notamos que mientras hablábamos, en la finca de atrás sonaban pasos. Mandé callar a Carmen en voz baja, y como si lo hubiese gritado, esos sonidos pararon también. Mi amiga me preguntó la causa de mi orden, y yo lo susurré. Para demostrárselo retomé la conversación de nuevo mientras ella atendía a lo que ocurría detrás de aquel muro. No me equivoqué, en cuanto empecé a hablar los pasos se iban acercando. Cada vez estaban más cerca y entonces nos dimos cuenta de que habían llegado hasta el pie del muro. No pude evitar callarme al notarlo, y mi mente imaginó que sería un ladrón, entonces susurré a Carmen que lo mejor sería dormirnos. Ella se rió ante mi ocurrencia y ese momento fue el que eligió el visitante nocturno para empezar a subir por el muro. En el primer intento fracasó y se escurrió abajo aterrizando sobre las piedrecitas. Con la caída, la pequeña valla que estaba sobre el muro (las que se ponen alrededor de las piscinas para que no te vean los vecinos) se tambaleó. Eso fue el colmo, pasé mi mano por encima de Ana para coger la mano de Carmen, las dos teníamos miedo. 
En el segundo intento lo consiguió; esta vez no esperó a que habláramos. No sé a qué se estaría agarrando pero no caía. Me armé de valor y giré la cabeza hacia atrás para ver algo: por encima de la valla se veía una linterna. Tuve que ahogar un grito. Se lo comuniqué a mi amiga con señas y ella también miró. Cuando se volvió me clavó una mirada entre divertida y asustada, no supe como interpretarla. Necesitaba gritar, pero en vez de eso nos tapamos con la sábana, olvidándonos de Ana que estaba en medio. En cuanto quedamos tapadas, la que hasta ahora había permanecido dormida, se levantó de un salto gritando. Le mandamos callar, pero ella respondía con gritos; me entraron ganas de darle un bofetón. Le contamos en susurros lo que estaba pasando y miramos las tres juntas al lugar donde segundos antes estaba la linterna: ya no estaba. Ella se rió de nosotras y, como se había despertado, se durmió. Nos quedamos de nuevo solas y Carmen saltó a Ana para que estuviéramos las dos juntas. Nos empezamos a reír por nada (estábamos muy nerviosas) y mientras, la valla volvió a moverse los pasos se fueron alejando y notamos cómo saltaba la valla del vecino, vimos como también se movía. Después silencio. 
Ya eran las 5:30 y decidimos quedarnos a ver amanecer. Formábamos imágenes uniendo las estrellas que, según pasaban los minutos, iban desapareciendo de nuestra vista. 
A eso de las 7:00 las demás se fueron levantando, y a cada una le contábamos lo ocurrido mientras dormían. 
Decidimos descansar un poco. Carmen y yo no podríamos aguantar mucho más. Todas nos dormimos. 
A la mañana siguiente se lo contamos a la madre de María. Estuvo callada un momento y luego dijo que seguro que fue la vecina que es muy buena persona, dijo, pero muy muy cotilla. Que siempre está mirando lo que hacen los vecinos. Nos preguntó que si la habíamos visto, dijimos que no. Menos mal, como la hubieseis visto sí que os hubierais asustado: es pequeña con la cara muy arrugada y los pelos en punta hacia arriba.
Carmen y yo reímos aliviadas, solo había sido la vecina escuchando nuestra conversación. Después decidimos que la próxima vez que durmiéramos allí invitaríamos a la vecina cotilla para que no tuviera que andar escalando vallas.