martes, 17 de junio de 2014

Hora de hacer las maletas. Otra vez.

¿Cómo metes en la maleta 10 meses de aventuras, lecciones, fiestas, trabajos, experiencias?

Los que no entienden dirán que ya se me pasará, que vuelvo a casa, donde me crié y he vivido tantos años... qué poco saben y cuánto se equivocan!

Eso de que "el hogar está allí donde tienes tu corazón" es totalmente cierto. A veces, incluso, tienes repartido el hogar por todo el mundo.
Es lo "malo" que tiene viajar y establecer amistades.
Con ellos se queda una parte de ti que siempre querrá volver a su lado. Ya nunca te sentirás completamente en casa. Es el precio a pagar por el tesoro de tener amigos internacionales.

Parece mentira que en poco llegan a su fin esos 10 meses que en el momento de subirme a aquel avión en Madrid parecían una vida. Y es que, de verdad que ha sido una vida de la que ahora duele tener que volver a remover tantas piezas que se unieron durante esta etapa.
De cero y pasito a pasito, fui formando parte de otro mundo. Que ahora, también es mi mundo

Qué lejanas quedan ya esas noches de nevadas interminables en las que el sol era un dulce recuerdo que parecía nunca haber existido.
Y a la vez, parece ayer cuando me llegué. Me acuerdo de cada detalle del viaje en coche del aeropuerto a la casa que sería mi hogar en los siguientes meses.

Prometo a todos que voy a volver, y lo repito en alto varias veces para creermelo yo también.
No es la primera vez que me despido de la gente a la que quiero, y ya he aprendido que cuando los lazos que te unen son verdaderos, no se rompen. Sé que a la mayoría de los que han estado a mi alrededor en este tiempo no los volveré a ver... son amigos o solo conocidos que pasarán a ser un recuerdo que recordaré siempre con nostalgia.

Y ya da igual tener que dejar ropa o papeles atrás porque no caben en la maleta. Ya no es importante guardar souvenirs, no puedes contar historias como si de unas vacaciones se trataran. Te llevas tu experiencia, tus memorias. Y eso no se puede empacar.
¿Cómo les explicas cada mañana, cada aventura diaria, cada malentendido, cada bajón, cada alegría tonta? ¿Cómo hacerles ver con tus ojos todo lo que hay aquí, todo lo que has vivido?
¿Cómo pones en fotos las sonrisas y miradas cómplices con esos que sus nombres tardaste meses en aprender y ahora son parte de ti?

No se puede. Es algo único que tienes que vivir por ti mismo.

Y aunque duela abandonar este segundo hogar, no puedo menos que dar las gracias por tanto y a tantos. Por supuesto a Amancio Ortega por la beca y a mi familia y amigos que han estado apoyándome cuando todo parecía irme mal. Y a los que ahora puedo llamar amigos también, que sin conocerme se preocuparon de que me sintiese como en casa y poco a poco la amistad se fue estrechando.

Todo lo bueno se acaba, ¿no?

P.D. Prometo volver.